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¿Alguien conoce el nombre y apellido de los canteros que hicieron estas marcas?

 

¿La biografía de algún  constructor de catedrales?

 
 
 

Poco se conoce de ellos y por referencias indirectas, por honores dados por sus iguales o alguna referencia en un códice de contabilidad, tal vez encontrado en un polvoriento archivo diocesano. Y si se conocen es por su nombre de pila, nunca por su apellido familiar, como mucho  llevan por seña su origen o procedencia. Wiligelmo, Lanfranco, Mateo, Juan, Tioda, Gaucher o Bernardo elevaron catedrales, construyeron castillos y palacios de manera casi anónima. Y los constructores, los artistas que materializaba sus planos y directrices, no han dejado más marca que algunas trazadas sobre la piedra. Trazas que eran señales sobre las piedras hechas para efectos de la contabilidad,  no para dejar firma eterna de su creación.

Los grandes constructores son los grandes anónimos, no conocemos su biografía, sus deseos, o ideas estéticas; solo nos han dejado como huella la obra hecha a mayor gloria de su dios y amo. Algunos, como Wiligelmo, máxima expresión de la escultura románica italiana, fueron distinguidos por sus discípulos quienes, en una lápida sujetada por Elias y Enoc (los dos profetas que no murieron, que fueron elevados al cielo), pusieron:

 

Cuán digno de honor eres entre los escultores es claro ahora, oh Wiligelmus, por tus obras.

 

 

“…es claro ahora…” ya ha pasado su tiempo, abandonadas sus herramientas, traspasados sus planos y con solo su admirada obra como recuerdo. Una obra que, tal vez, fue terminada por sus discípulos y rematada por otros con diferentes ideas y planteamientos pero con el mismo objetivo. Wiligelmo, se fue, pero ha recibido la loa más elevada: la de sus discípulos, la de sus continuadores, una vez ya muerto, viviendo en las sombras del recuerdo. Qué diferencia con los constructores de ahora que buscan el aplauso y la aprobación de sus compañeros de tajo.
 
En «Arquitectura gótica y pensamiento escolástico», Panofsky expone que no se puede hablar de arte gótico sin hablar de la escolástica, que ambos responden a un mismo “hábito mental”, es decir, no interesa el conocimiento técnico, el avance filosófico, sino conformarse y adaptarse a las leyes absolutas (divinas). Por ello el constructor medieval, al igual que el filósofo escolástico, no pretendía crear formas nuevas ni ser original. Todo era hecho y expresión de lo absoluto. El trabajo anónimo no era ni voluntario ni exigido, era consustancial a la obra.
 
Ahora, cuando el masón libre construye, ya no aporta su piedra a una catedral, al gran edificio, lo hace a nuestro mundo social y ambiental; tiene como objetivos  últimos la justicia, la felicidad y el respeto a la Naturaleza. Labores que, al igual que los antiguos, se han de hacer construyendo en silencio y anonimato, piedra a piedra, paso a paso, aportando su trabajo a la Gran Obra actual… Lo demás, firmas, libros, entrevistas, promociones y difusiones son «Vanitas vanitatis et omnia vanitas», golpes de cincel al aire.
 
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