viernes, noviembre 15, 2019
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Moria. La lenta y dura cotidianidad

Este artículo de Luz Modroño ha sido recogido del medio digital “El Obrero

 

Fotografía de Luz Modroño

En este mundo dantesco la actividad empieza muy temprano. Son necesarias de dos a tres horas de cola para recibir un trozo de pita. A veces, un croissant y un vaso de zumo industrial; a veces, un café. Es el desayuno, la primera comida del día, que se reparte sobre las 6 de la mañana. Pero el cuerpo necesita alimento y, total, no hay nada que hacer. Las horas están marcadas por la inacción. Deambular por entre las basuras que jalonan el campo, esquivando las ratas, es lo único que puede hacerse. También, sentarse en la entrada de las tiendas o sobre alguna piedra. Bancos no hay. Las sillas son un lujo y tampoco hay. Dispersos entre las hacinadas tiendas, viejos olivos que nadie cuida, que nadie poda. Y entre ellos, y con cuidado de no tropezar con alguna cuerda de las que se entrecruzan buscado un hueco donde amarrar porque espacio libre tampoco queda, corretean estos nuevos niños que sienten la vida como una guerra.

Transcurre lento el día aunque en esta ciudad ruinosa formada de tiendas, barro y basura bulle la vida. A la entrada del campo, varios puestos en los que se venden verduras y frutas que algunos más afortunados podrán comprar con los 90 euros que reciben mensualmente. Los primeros 90 euros tardan varios meses en llegar, unos nueve por término medio. De vez en cuando, el lujo de una manzana o unas hojas de acelgas no viene mal. Ese día quizás puedan librarse de esas dos o tres horas de cola que deben hacer para recibir la comida que nadie quiere. Sienta mal y les enferma. Otras veces, después de esperar, ni siquiera llega. Se cocina sobre el suelo, con cuidado para que una chispa no haga presa en lo que pueda encontrar a su paso. El fuego se extendería rápidamente y las consecuencias podrían ser mortales.

La única empresa de catering habilitada para entrar en el campo y repartir comida hace mal las previsiones. Habrá que esperar a la cena, en la que volverán a formarse las interminables colas a las que tan acostumbrados están ya. No habrá para todos y hay que anticiparse.

Reciben la comida entre barrotes, como enjaulados. Por un estrecho pasillo pasan por delante del contenedor donde los voluntarios, a través de una pequeña ventana, les entregan la ración de comida. No es muy variada, cada día de la semana reciben lo mismo: los lunes, lentejas; los martes, una salchicha de pollo y puré de patatas; los miércoles, judías… los domingos arroz con pollo. Para la cena se meten en una bolsa de plástico tres o cuatro pepinos, unas aceitunas, pan de pita y un huevo. Dos días a la semana, los pepinos se cambian por tomates. No hay control del número de personas entre las que tendrán que compartir el contenido de esa bolsa. El plástico que se genera en el campo diariamente atenta contra el más elemental de los principios ecológicos.

Las colas presiden la cotidianidad en este espacio en el que malviven 15.000 personas. Hay que hacer Interminables colas para todo: para recibir pañales para los más pequeños, para ir al médico, para recibir el agua que se reparte dos veces al día, para recibir compresas las mujeres, para recibir mantas, para lavar, para recibir jabón… Cubrir la más pequeña de las necesidades exige paciencia y estar dispuesto a esperar turnos de varias horas.

Una ciudad de más de 15.000 personas que no cuenta con alcantarillado ni con fuentes donde recoger esa agua esencial para la vida. Tan sólo hay una para miles. Tampoco existe centro hospitalario alguno. Solo un pequeño dispensario al que, por el ajetreo diario que genera la entrada masiva de nuevos refugiados, es prácticamente imposible acudir. La palabra más repetida es “tomorrow”, una simple fórmula con la que se busca aplazar hasta el día siguiente un problema sin solución.

No hay escuela alguna. Tampoco hay agua caliente. No hay calefacción, no hay cocina. Entre piedras, de vez en cuando puede verse un fuego encendido con ramas de olivo en el suelo. Una olla desportillada contiene algún guiso que ese día servirá de alimento. La ropa lavada se tiende en cuerdas que van de tienda a tienda si las relaciones con el vecino lo permiten. Otras, sobre la verja de cuchillas que rodea el campo. En una de ellas destaca la imagen de un oso de peluche puesto a secar.

En el recuerdo persiste el día que, ateridos de frío e invadidos de desconcierto y miedo llegaron a la playa. Escena que se repite cada día. Les llevaron a un espacio donde, después de tomarles las huellas dactilares, les retuvieron durante cuarenta días. “Pasar la cuarentena” lo llaman. Pero si no hay sitio, esos cuarenta días se alargan. Es el tiempo que se tarda en registrarlos, entregarles su primera cartilla y darles un hueco en una tienda y una manta. En ese tiempo irán por primera, y posiblemente única vez, al dispensario del campo. No hay médicos suficientes para llevar a cabo esa primera revisión. Los que ya están deberán esperar. Es imposible controlar enfermedad alguna, infección alguna. Sólo en caso de extrema gravedad, y si tienen suerte, serán llevados al hospital de Mitilene.

Con la entrega de su primera cartilla, con un sello rojo estampado en ella, reciben mantas y una tienda a compartir la mayor parte de las veces. Deberán buscar un lugar donde plantarla. Es difícil porque espacio no queda y los vecinos se resistirán a que se achique un poco más el espacio en que malviven.

Cualquier lugar es bueno para plantar esa vivienda de lona que no les protegerá del frío pero si de la noche oscura y poco segura. El campo está construido sobre la ladera del olivar. Mientras no llueva todo irá bien. Pero el agua no entiende de respeto a la vida y bajará por entre las tiendas arrastrando lo que encuentre a su paso. Nada hay que la retenga.

Tras el estampado en rojo vendrá el negro. Supone una ampliación de movimientos. Pero en cualquiera de las visitas que obligadamente han de hacer, una vez al mes, a la policía pueden quitarles la estampación negra y volver al rojo. Nadie sabe por qué. El pasaporte, último objetivo, solo lo consigue un 10% de los pseudo-habitantes de Moria. Antes habrán de pasar diferentes entrevistas. La primera, sobre los nueve meses, a veces más. Solo entonces comenzarán a percibir esos 90 euros. Moria está concebido como campo de tránsito pero muchos llevan aquí dos, tres años.

Si llegan al final del camino, esto es, la concesión del pasaporte, deberán salir de Grecia hacia el destino elegido. Pero 90 euros mensuales no dan para conseguir billete alguno para el transporte. Por otra parte, en ese momento dejan de percibir sus 90 euros mensuales. ¿Qué hacer? ¿Cómo vivir a partir de entonces?

Tráfico de órganos, robo de bebés, venta de niños… son realidades de las que se habla a media voz pero todo el mundo conoce.

A veces, son trasladados a otros campos. Hace un mes, 1.500 personas fueron trasladadas al campo de refugiados de Bulgaria fronterizo con Turquía. Es un intento de descongestionar éste pero la continua entrada de nuevos refugiados pronto supera esa cifra.

En el último incendio, en el que murieron una madre y su hijo, se quemaron varios contenedores. Fueron pronto ocupados y sobre el techo del que ardió hace tres semanas, produciendo muerte y espanto, en pocos días apareció otra tienda. En estos días se está terminando de retirar los contenedores-casas que se quemaron. Aún queda alguno.

El incendio se produjo por una sobrecarga eléctrica incapaz de controlarse en este espacio de terror. La gente entró en pánico, el fuego se extendía con rapidez. En poco tiempo eran siete las tiendas que ardían. Se amotinaron movidos por el pánico a unas llamas que se extendían rápidamente. La Policía no entró. Tal vez el miedo pudo más que su sentido de la responsabilidad. Sí los bomberos, pero salieron corriendo dejando abandonados camión y mangueras, cuenta Anna, una voluntaria testigo directo del incendio. Intentaron hacerse con ellas pero hay que ser experto para controlar el fuego. Y cuerpos, manos, cara, todo era uno envuelto en el calor desprendido por los hierros del camión cisterna. Cuando, después de varias horas, por fin consiguieron sofocarlo, la Policía hizo su aparición. Gases lacrimógenos, disparos al aire, golpes, gritos… para volver a la realidad cotidiana de un infierno sin llamas. Al día siguiente, Anna les devolvió las llaves del camión cisterna que, en la huida, habían dejado olvidadas. “En realidad, afirma, fue un refugiado quien las encontró. Pero tenía miedo de ir a devolverlas. Preferí ir yo para evitar problemas. Si le hubieran acusado de tener algo que ver con el incendio lo habrían deportado. De nada sirve cualquier intento de defensa ni la inexistencia de pruebas. Mejor ir yo”.

Tiendas pequeñas diseñadas para dos o tres personas en las que viven tres o cuatro familias. Tiendas más grandes para dieciséis o diecisiete que dividen su intimidad con mantas. Las voces de unos y otros se entrecruzan, a menudo se producen gritos y enfrentamientos.

Hay violencia en el campo. El hacinamiento, las condiciones de insalubridad, es lo que tienen. Los nervios a flor de piel se descontrolan. En cualquier caso, lo extraño es que no haya mucha más. Probablemente, la resignación, la desesperanza, la costumbre están detrás de la indiferencia. Las reyertas, las drogas, la prostitución, las violaciones nocturnas… marcan el día a día de este campo levantado para refugiar.

Tienen miedo, asegura un refugiado afgano, “no puedo dormir por la noche, oigo ruidos y a alguien que quiere cortar la lona para llevarse mi móvil o cualquier otra cosa que encuentre y crea de valor”. Con un nombre imposible de transcribir, cuenta que él era traducir de alemán para los cascos azules en Afganistán. Le pagaban bien pero empezaron a amenazarle y tuvo que huir con su familia. Hace cuatro meses que llegó aquí.

El campo está dividido en varios espacios. En uno, cercado y separado del resto, están los menores no acompañados; en otro, los más pequeños que no tienen padres o que fueron separados del familiar con el que llegaron si éste no puede demostrar su filiación.

La vida se agita en Moria. Como cualquier otra ciudad, cada cual se busca la vida como puede. Algunas familias construyen un horno de barro en el que cuecen pan de pita que luego venden por cincuenta céntimos a sus vecinos. Otras venden ropa usada sobre una manta en el suelo. Hay quien se atreve a montar con una silla, unas tijeras y un peine una peluquería o una barbería…

Con palés, a 5 euros cada uno, hacen puertas de madera para la entrada a la tienda. Si hay para ello y no falta la maña, hasta pueden levantar una pequeña chabola de madera cubierta con los sempiternos plásticos que sustituirá a la tienda y ofrece algo más de protección. Todo revestido de dignidad. Eva, una voluntaria médica, cuenta cómo en cierta ocasión en la que entró en el campo, una familia la invitó a tomar té. Antes barrieron la entrada a la tienda y no permitieron que sacara foto alguna hasta que hubieron recogido el calzado depositado a la puerta. Dignidad.

Una dignidad de la que carecen los responsables que esto están permitiendo.

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