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A principios de los años cincuenta los antropólogos detectaron en las tribus de Melanesia, en el archipiélago de Vanuatu, la aparición de un nuevo culto del que ya había algunos antecedentes en Nueva Guinea en lo que se conoce como “cultos cargo”, y que en este caso llamaron “culto de John Frum.” El núcleo de los cultos cargo es la creencia de que los productos -el cargo- que llevaban los blancos a las islas eran de origen divino, y eran entregados a los isleños por su ayuda.

“John Frum” sería un norteamericano, probablemente un militar, que con motivo de la guerra en el Pacífico hubiese estado en las islas. Los antropólogos piensan que el nombre de John Frum derivaría de la presentación «John, from America”.

Los isleños creen que “John Frum” volverá algún día cargado de todas aquellas cosas maravillosas que disfrutaron: latas de carne, chicles, fruta enlatada… Desde finales de los 40 los isleños han construido con cañas y restos que los militares dejaron réplicas de los aviones, pistas y torres de control en los que los “técnicos” manipulan oxidadas radios y se comunican con “John Frum” en el lenguaje de los dioses: Tango, Bravo, Charlie, Zulú…

Cuando los investigadores aparecieron por Vanuatu los seguidores de “John Frum” vieron confirmadas sus creencias: “John Frum” existía y había vuelto.

A mediados del XIX Adolf Zeising, doctor en filosofía y profesor de artes, recuperó la idea del número áureo o Φ –como lo llamó el matemático Mark Barr a principios del XX- aplicándolo a la estética y a la arquitectura, en concreto en El Partenón, creando la mística de Φ en la arquitectura grecolatina, y definiéndolo como una ley universal “que penetra, cual un ideal espiritual supremo, todas las estructuras […] y encuentra su plena realización en la forma humana”.

Era una de las contra reacciones que tras el auge del racionalismo del “Siglo de las Luces” se dieron en el XIX en diferentes manifestaciones, como la teosofía y otras corrientes esotéricas que se prodigaron en los salones y teatros por medio de médiums, mentalistas e iluminados.

Frank A. Lonc, internista del hospital de la Universidad de New York, siguiendo los pasos de Zeising, midió la altura total de centenares de mujeres y encontró en sesenta y cinco casos en que la relación entre aquélla y hasta el ombligo era de 1,618. ¡Perfecto! Y en aquellos casos en que esto no se cumplía lo achacó a defectos congénitos o lesiones de cadera, pero sin aportar pruebas ni de lo uno ni de lo otro.

En las mismas fechas y en Europa el matemático francés Quetelet repitió estas mediciones en población europea, y si bien no encontró ningún caso en que esta medida de 1,618 se diese exactamente, sí estableció que había una tendencia a ella. Pero tampoco dio un criterio matemático de margen de error de desviación de esa medida ideal.

Y alguien podría explicar ¿por qué se mide hasta el ombligo y no hasta los genitales o el plexo solar?

En la famosa imagen que Leonardo Da Vinci dibuja siguiendo los principios de Vitrubio se calca esa proporción áurea. Y no podía ser de otra manera: Es un dibujo hecho ex profeso -bueno estaría que esa proporción no apareciese-  para demostrar lo que se tiene como verdad previamente aceptada. Y no es porque Leonardo aceptase sin más cualquier explicación, sino porque expresaba un ideal estético y moral que en nada tenía que ver con sus exactas mediciones del cuerpo humano en las disecciones que habitualmente practicaba.

Aunque la pauta de Φ aparece como tendencia en la biología lo cierto es que las medidas del cuerpo se determinan fundamentalmente, y además, por la carga genética y las condiciones alimenticias e higiénico-sanitarias durante la infancia. De modo que el cumplimiento de Φ en las medidas de altura, o cuales quiera otra están causadas por variables múltiples y no sólo por una razón matemática de un número irracional.

Sería para tomárselo a broma esta idea de la proporción áurea del cuerpo humano sino fuera por las desastrosas consecuencias que ha tenido en la reciente historia la búsqueda de las perfectas medidas de la raza. De la pureza. No sé si los defensores de esta transubstanciación de la geometría a la biología son conscientes de la peligrosísima idea que esa sacralización de las medidas del cuerpo, supuestamente áureas, encierra. ¿No cumplir esa medida te hace menos humano, áureamente hablando?

¿En qué momento este número irracional fue elevado en la masonería a la categoría de sagrado? ¿Cómo del simbolismo del número ideal para construirse como masón se pasa a la afirmación sin contrastar de las medidas corporales exactas a Φ? ¿Cómo una magnitud matemática adquiere ese valor de lo que se ha dado en llamar “geometría sagrada” o “código secreto”? ¿Por qué el átomo, o cualquiera de los enunciados de Euclides, o el número de Avogadro no han adquirido esa cualidad?

Pues parecería ser porque Φ estaría en el sitio adecuado, en el momento justo. Es decir, que para el estado de la ciencia en el momento de la “nueva aparición” de Φ la búsqueda de referentes que lo “dignificasen” pasaba por rastrear sus orígenes hasta llevarlo al mítico momento de la belleza y el equilibrio perfectos; y aquí la referencia a la Grecia clásica era la que mejor cuadraba. Se abusó de las características geométricas de Φ para construir un referente en que lo matemático diese verosimilitud a lo que no es sino una creencia.

De la tendencia de Φ a ser una pauta del desarrollo biológico, perfectamente comprobable y admisible, se ha pasado a la afirmación absoluta. Sólo así se entiende que se diga que la altura total del cuerpo dividida por la altura al ombligo es el número áureo, y se exponga como criterio cierto y exacto. Pero esto no es así en la inmensa mayoría de las ocasiones, siendo Φ la excepción y no la norma. Se usa la matemática como excusa; y así se ha generado una literatura a medias entre la geometría y el ocultismo que le da a Φ un aura mitológica que distorsiona su esencia matemática. Se podría decir al respecto que “se non è vero,è ben trovato”.

No acabo de entender cómo los que deifican a Φ y lo explican todo por un número irracional puedan achacar a los racionalistas su confianza en el “frío método científico”. ¡Qué paradoja!

Con frecuencia se comenta esa manía que sufren algunos que ven signos masónicos en todos los lados: en las torres KIO, en el billete de dólar, en un obelisco… y las variopintas explicaciones que dan de estos símbolos. Tengo la impresión de que unos y otros -los seguidores de John Frum como los que han aupado a Φ a un altar- comparten una misma visión de la realidad, aquella que se conoce como “falacia del francotirador” o ilusión de serie, por la que los hechos son interpretados para darles el sentido que previamente se había definido. Así es posible encontrar el número áureo en cualquier construcción, aunque no estuviera en los planos ni en la mente del arquitecto, como sucede en El Partenón; o encontrar el número de la bestia -el 666- en cualquier circunstancia. Basta con hacer las sumas, restas, multiplicaciones adecuadas hasta dar con el resultado apetecido. Con tiempo e imaginación la numerología lo explica todo.

Ricardo

1 Comentario

  1. Como siempre, Ricardo, un texto de contraste y realismo. Interesante de leer y mordaz, pero que seguro que no gustará a muchos. Estamos en un mundo en que se le llena la boca sobre geometría a gente que no sabría hallar el área de un heptagrama o demostrar que la raíz de tres es irracional. O que habla de «entropía y desorden» (igualando términos que, por cierto, ni son lo mismo ni se parecen) sin saber hacer cálculos triviales como cuánto aumenta, en julios/mol·kelvin, la entropía de un habitación porque se evapore un vaso de agua. O que habla de mecánica cuántica sin saber calcular las frecuencias de oscilación de una partícula dentro de un potencial.

    Y en ese mundo lo que más convence no es lo que más razón tenga o más cierto sea (cosa que acostumbra en la mayoría de casos a ser aburrido y escéptico) sino el que ordene una serie de palabras adecuadamente para producir al oyente una sensación de estar escuchando algún misterio trascendente. Da igual si el argumento es falaz, ramplón, o simplemente no contiene argumentación o evidencia alguna. La forma sobre el fondo.

    Conviene que haya quien recuerde estas cuestiones periódicamente. Gracias.

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