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La Belleza

¡Que la Belleza lo adorne!

Siempre me han resultado enigmáticas estas palabras pronunciadas por el 2º Vig. al inicio de los trabajos, y digo enigmáticas porque es sabido como el concepto “Belleza” es solamente “una vivencia y un valor estético” (Joseph Vechtas, catedrático de Estética y Ética y escritor, afincado en Uruguay) así que, cuando menos las palabras del vigilante se dirigen mas a una “perspectiva íntima personal” de la Obra, pero lo que dice y enfatiza es “!Que lo adorne¡”. Esto es la Belleza como un “adorno” de la Obra. Si me permitís quisiera reflexionar con vosotros sobre ello.

Y dos momentos diferentes, vividos muy recientemente, pero cruzados en el tiempo, me permiten seguir meditando estas palabras. Palabras que como los ancianos rituales encuentran su descripción en estilos humanos de pasear por la vida diversos.

Uno de esos momentos ha sido la noticia del fallecimiento de Arthur  Coleman Danto, filósofo y teórico del Arte, el pasado 25 de octubre a la edad de 89 años, de un paro cardiaco, en Manhattan. El otro momento vivido representa la visita al Museo del Prado, en Madrid, a la exposición: “La Belleza Encerrada, De Fra Angélico a Fortuny”. Sobre Danto podemos decir que tenía una obsesión, y que en palabras  suyas era “… intento explicar, desde el punto de vista de la historia del arte, porque se fue la belleza y nunca más volvió…” y para ello no deja de mostrar como esa “perspectiva íntima personal” no deja de ser mas que el resultado de una serie de convenciones sociales, y como existe desde ese reconocimiento, a través de las imágenes, de cierta manera de percibir el mundo y la vida, y de estar en ella.

Y dado que el progreso del Arte depende en buena medida del progreso de esa misma representación. ¿Quién o Que legitima una u otra concepción de la Belleza? Me temo que nadie y en Francmasonería exactamente lo mismo. Pero sigamos reflexionando.

La exposición del Prado presenta un recorrido cronológico desde el S. XV al XIX, por Italia, Francia, Países Bajos… culminando en España.

La Anunciación de Fra Angélico, en temple sobre tabla, hasta la obra del refinadísimo Fortuny, ya influido por el exotismo en un periodo en que la burguesía exigía “… una estética recargada y preciosista de imaginación descriptiva y precinematográfica recreaba asuntos románticos….” Cargada de ornamentos. Esa Estética como expresión de una Ética, también de una manera de estar en la vida, e interpretarla.

La Exposición va recorriendo esa búsqueda de “Belleza Encerrada” e invitando a los espectadores “… a reflexionar sobre el modo en que los pintores del norte y del sur entienden una misma iconografía… desde la Edad Media y el Renacimiento, a través del barroco, y del rococó, hasta el naturalismo, que dará paso al s. XX…” para “… … la sátira y la reflexión irónica sobre el ser humano o la alabanza y exaltación del poder… a la vida cotidiana, real, del pueblo…”

Danto por el contrario meditó y escribió sobre el fin de la Belleza, desde que descubrió, con fascinación y sorpresa a Andy Warhol, y su Brillo Box.  Y teorizando desde entonces sobre el fin del fetichismo de la Belleza, porque para Danto “… Picasso, con Guernica, quería hacer la antítesis de una obra bella… como cubista se había apartado de las apariencias, para concentrarse en la estructura interna del mundo, una estructura geométrica… podía ser intelectualmente bella, pero no físicamente bella…” Para Danto el relato artístico avanza ahora, no en términos de representaciones adecuadas sino en representaciones filosóficas. Quizás como siempre lo hizo.

¡Que la Belleza lo adorne¡ Pronuncia el 2º Vigilante.

Al final a uno le queda esa necesidad de regresar definitivamente a su interior, para buscar una respuesta, y para ello sube unos pisos en el museo y contempla, por millonésima vez, La Fragua de Vulcano, de Velázquez. En ella se puede ver a un antepasado nuestro, Vulcano, feo y sucio, sudoroso, el Hefaistos, el Tubalkain bíblico, tuerto y cojo, rodeado de los hermosos cuerpos de los hermanos herreros, los Curetes, sudorosos y semidesnudos, en la fragua, mientras reciben la visita del inefable y ¿Bello? Apolo que les anuncia algo sobre Venus… probablemente algo propio de dioses… Fecundada con el esperma de Cronos en forma de espuma de mar, tal y como Botticelli lo dejó en la Galería de los Uffizi, Venus le fue sencillamente infiel al Herrero, esa era la noticia y el motivo del sobresalto que Apolo comunicó a Vulcano, y para ello bajó literalmente, con cierto desdén divino, al caótico espanto, quizás con una oculta complacencia despectiva de ver a la Diosa alejada del Averno vulgar de los “de abajo”.

Los Bellos dioses del Panteón, allí arriba, sensuales, atrapados en su poder y sus amores. Y abajo, en el interior de la tierra, en lo profundo mundo de la fragua y el fuego, la antibelleza oscura.

Pero tenemos que saber como “Los de arriba” no son nada sin sus instrumentos, sus herramientas de poder, nada… Todos sus símbolos fueron labrados abajo, al ritmo de los malletes, con el fuego, con trabajo y con sudor, en silencio. Porque sin esos símbolos, su belleza y poder no era nada, el casco y las sandalias de Hermes, el tridente de Poseidón, el cinturón de Afrodita, el carro de Helios, el trono de diamantes de Hera,  el arco y las flechas de Eros, el collar de Harmonía, los mismos rayos de Zeus, el guardián de Creta, Talos, a Pandora, el cetro de Agamenón, el casco de Hades….

Quizás existe una antigua y en buena medida “Kitsch” valoración de que lo bello está relacionado con lo armónico, entendiendo esto cada cual según su interés, para lo cual, transformándose en límite, expulsa de si a todo aquello que denote caos, desorden, desproporción… y entre ello, lo “feo”, que se confunde con lo externo a los ojos de lo heteronormativo, y pasa a habitar el ámbito de las tinieblas… Debo añadir que esta manera de concebir lo bello está inserta en cierta “espiritualidad” dominante desde siempre, esa “espiritualidad” que contempla al individuo enfrentado, disminuido frente a lo Sublime que le sobrepasa a la vez que le hace sentirse insignificante, con cierta angustia ante ese infinito.

Quizás el Caos de la Fragua nos permita ver los torsos oscuros y bellos de herreros para comprender nuestra “naturaleza anfibia de espíritus carnales” (1) y tocar lo auténticamente Bello que ya no espanta, y sutil, como la espuma de Cronos en el mar de nuestras pasiones.

¡Que la Belleza lo adorne¡

(1) Concepto de Eugenio Trias (1942-2013) extraído de su obra “Lo Bello y lo Siniestro”

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