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La trivialización de la solidaridad

By HernanFritzler (archivos personales) [CC0], via Wikimedia Commons

Entre las muchas ventajas de las redes sociales está la de poder difundir en minutos una idea y compartirla con millones de personas. Nunca como ahora lo que se genera en un punto del globo llega tan rápido y consigue tantas adhesiones o rechazos como antes en la historia.

Así, este verano ha hecho furor en las redes eso de tirarse por encima un cubo de agua helada con el fin de recaudar dinero para una enfermedad, la ELA. Es el Ice Bucket Challenge, una iniciativa organizada por la ALS Association en Estados Unidos a raíz de un vídeo colgado en youtube por un joven norteamericano que sufre los primeros síntomas y es hijo de una enferma de ELA.

Actores, deportistas, políticos y todo el que se mueva por el mundillo del famoseo no ha dejado pasar la ocasión para mostrar su “solidaridad” dándose un baño de agua helada al tiempo que hacían una generosa donación. La iniciativa ha sido un éxito en difusión, aparición de famosos -muy habitual en Estados Unidos- y recaudación. Sólo en los USA y hasta finales de agosto las donaciones pasaban de 75 millones de dólares (unos 55 millones de euros), fruto de las importantes donaciones de los famosos pero también de los miles de anónimos y modestos ciudadanos que se apuntaron a darse una ducha de agua fría, vídeo en youtube de por medio, o no.

En el caso español, también ha habido una cuota de famosos y anónimos que se han apuntado a darse una ducha fría sin que ello les moviese a rascarse el bolsillo. Adriana Guevara presidenta de la Asociación Española de Esclerosis Lateral Amiotrófica (adELA) reconocía que habían aumentado las donaciones con esta historia del cubo de agua fría, pero sólo en unos modestos 14.000 euros. Bueno, menos da una piedra.

Es conocido cómo la aparición de una cara conocida en una causa atrae una corriente de simpatía y apoyo hacía ella, al tiempo que le sirve al famoso para “vender” su compromiso social. Hasta aquí todo correcto. El problema es que las redes sociales distribuyen imágenes que compiten al siguiente segundo con otra causa tan sangrante como la primera: sea la lucha contra el feminicidio en Ciudad Juárez, la retirada de las minas antipersona o la desnutrición en el Sahel. Todo se viraliza en las redes y esa viralización (perdón por los palabros) nos impacta primero, infecta después y al final nos hace autoinmunes. No es posible ser solidario en la avalancha que nos llega diariamente vía redes sociales. Esa insensibilización por sobre exposición es anestésica.

Hace años hubo una campaña de una ONG en televisión que usó la imagen ficticia de Lady Di para echarle en cara al cómodo espectador que si esperaba que alguien como ella se lo pidiese hacer algo contra la úlcera de buruli (similar a la lepra). Y aunque la campaña fue muy criticada por el resto de ONG por las imágenes que empleaba de los enfermos, sí tenía una carga crítica muy acertada: la insensibilidad para sentirnos solidarios con aquello que debería preocuparnos famosos o no estuviesen implicados en esa causa, con la insensibilidad para tener un sentido crítico con las situaciones sociales que condenan a un continente o a una determinada población, sea en África o en el barrio de al lado, a malvivir o ser ignorados porque su problema no llega a ser nada más de que de unos pocos centenares, como en el caso de los que sufren las llamadas enfermedades raras o porque están al otro lado del mundo en el que me muevo, y en esos casos sólo van a aparecer en primer plano de la actualidad si un famoso me dice que eso le preocupa a él o me doy de bruces con el problema porque lo padezca un amigo, un familiar o yo mismo.

Con esto del Ice Bucket Challenge pasará como con otras tantas acciones de marketing viral, que tras una gran campaña en las redes ésta será sepultada por la siguiente, y sobre todo porque es absurdo querer atender estos problemas a golpe de cubo de agua fría y famoso, porque echarse un cubo de agua helada es divertido y te mete en el rollito con los amigos de a ver quién se apunta, pero, ¿saben lo que es la ELA? ¿Se van a hacer socios? ¿Donaran algo de dinero? Me temo que pocos irán más allá del cubo.

Y por otra parte, aunque fuesen decenas de miles los que se interesasen en la ELA, en asociarse, ¿qué pasa con las otras causas? ¿Hay que esperar al próximo hit en las redes para preocuparnos por… lo que sea?

En mi opinión, esto de la solidaridad a golpe de campaña de marketing es contraproducente y no sirve para nada a medio o largo plazo. A corto, sí. La prueba está en esos conciertos a beneficio del niño con cara de pena que nos pide una ayuda para que sus padres puedan llevarle a Houston a tratarle del tumor que aquí parece que no saben cómo atender. ¿Cómo decirle que no sin sentirte un miserable? Ese tipo de campañas, muy locales, casi de barrio, logran éxitos espectaculares y ciudades enteras se movilizan para recaudar fondos. Hay un desbordamiento de la solidaridad y el que no contribuya queda muy mal parado en la estima del vecindario.

¿Cómo ponerle peros a estas muestras de solidaridad y cariño? Sin embargo, cuando el niño no es cercano es más complicado que recoja dinero. A más distancia menos dinero; dándose la paradoja de que personas que están dispuestas a dar una cantidad importante -para su economía familiar- en una de estas recolectas locales, muestran una gran resistencia a apoyar la idea de que un incremento del 0,1 en sus impuestos fuese para proyectos o fondos solidarios.

Parece que nos es muy sencillo ser solidarios (fraternos) con los cercanos o con las causas que apadrinan los famosos y menos con los lejanos o con las causas que no vemos en nuestro entorno; por lo que la idea de solidaridad como justicia social es más que dudosa que exista en este tipo de campañas. La del Ice Bucket Challenge incluida.

Ricardo Fernández.

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