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memoria de aprendiz la camara de reflexion

Aquel día, a pesar de la edad provecta, iba tan nervioso como cualquiera de las ocasiones de mi vida en que me había enfrentado a exámenes o pruebas que me parecían decisivas para mi futuro, aunque luego no lo fueran tanto. Porque hasta
entonces solo habían sido palabras, pero tras una cortina había intuido guantes blancos y mandiles y por una vez en la vida no había perdido le tiwmpo wn internet intentando saber más sobre el mundo en el que pretendía entrar.

Solo recuerdo que cuando me señalaron el lugar en el que me iba a quedar solo pensé para mí que no tenían en cuenta que yo era un señor gordo -era obvio- y claustrofóbico en grado pánico en cuanto el ascensor no arranca. Y que el señor tan
amable y que me hablaba con tanto formulismo, algo me decía de un testamento vital o algo así.

Lo primero que me atrajo como un imán fue la calavera para terminar de animarme. Un poco tétricos estos señores, pensé. Inmediatamente, un gallo llamó mi atención y un acrónimo del que solo pensé que igual algún día me parecía una cosa normal. V.I.T.R.I.O.L, del que imaginé que significaría algo así que como no lo hiciera bien, como los decepcionara, me echarían vitriolo a la cara. Hasta dudé si alguna de esas leyendas que corren por ahí no eran ciertas. Sin embargo, me puse a escribir y escribir, y a tocar aquellos pequeños boles llenos de lo que parecía tierra distintas. Solo reconocí el azufre, pero como había acabado de escribir, me dediqué a mirar y escuchar por si acaso aparecía alguien y me pillaba curioseando.

Parece que ha pasado mucho tiempo y ninguno desde entonces. Mucho porque en este año y medio largo me miro y no me reconozco y ninguno porque desde aquel momento, he vuelto muchas veces, cada vez más a recordar, pensar, matizar qué ocurrió allí adentro. Y simbólica y prácticamente, ocurrió en tan poco tiempo, que aquella hora, o media u hora y media,  porque el tiempo se alteró volvió y escapó a partes iguales, algo, aún no sé qué, pero sé que fue muy importante, algo había cambiado en mi.

Bueno, había empezado a cambiar, pero ya nada iba a pararlo: había entrado por primera vez en mi vida en una verdadera fraternidad. Y con sus momentos bajos y altos, es una experiencia única, un camino que se abrió por primera vez a través de un cuarto oscuro, una puerta mínima, una mesa, una silla, un papel y un bolígrafo. Y unos ojos vacíos que no dejaron de  mirarme.

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