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Rito y Arte

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En Francmasonería, el arte expresado que subyace en el Rito, en los diferentes Ritos y rituales, no ha tenido un pensamiento sobre si mismo lo suficientemente potente como para mostrar claramente esa querencia por lo kistch que habita en gran parte de los corazones de hermanas y hermanos, y que ha contribuido y hace que sean cautivos de debates clasicistas, por lo cual algunos estériles. Es sabido como la llamada “inalterabilidad” del Rito, proclamada no solo por los académicos “regulares”, establece un código asentado en el preludio romántico, pleno de ensoñaciones propias de aquellos primeros años de estudio en la misma Academia del Arte.

Es notable el uso, en gran parte de las logias, por parte de las columnas de Armonía de registros musicales de hace siglos, como si la historia se hubiera detenido en el compás anciano, transformando la ceremonia en algo más cercano al museo.

Quisiera presentar un empuje, en forma de un alegato post-moderno, sobre el Rito y su misterio artístico, esa Obra que hombres y mujeres, teatralizan, con mayor o menor fortuna escenográfica, pero con un pretendido rigor de quienes antojan un attrezzo de variados misterios.

Es conocido como sobre el Rito se han escrito multitud de ensayos y se escribirán, y también es conocido como en cada uno de ellos la mano abierta del hermano escritor ha dejado escapar todo aquello que considera superfluo. Mientras que en los límites de la logia, en ese espacio pretendidamente atemporal y atópico, la percepción de las miradas desvela, estéticamente, relaciones infinitas de poéticos escenarios posibles a los que se les supone significados múltiples y variopintos, pero todo ello con una cadencia ciertamente clásica.

Y ¿Los silencios? En ellos parece que se guarda el secreto, porque todo observador sabe cómo no existe dogma alguno sobre la forma de sentir en el escenario de la logia.

Pero ¿Es posible la crítica estética sobre el Rito?

Por ejemplo, John Cage, el músico, influido tanto por el pensamiento oriental, el Zen y por la danza, construyó el concepto de “permeabilidad generalizada”, queriendo con ello expresar como la música, y el Arte en general, liberaba del Rito, de la cadencia gastada, en la escucha, abriendo las puertas a una nueva percepción.

Esta forma de vivir el Rito, y el Arte, exige en primer lugar cierta capacidad de integrarlo en la Vida, o la Vida en el Arte, sintiendo como una prolongación real de ese en lo diario ( “… proseguir fuera…. “ ) para de esta manera, transgredirlo de algún modo, “desmilitarizándolo” de su rigidez.

Escuchar así el Rito nos exige su constante revisión y adecuación estética, hacerlo vivo, liberarlo de las cadenas “museísticas” en que el clasicismo no solo “regular” lo ata, para colmarlo de comprensión, de aceptación plena, constantemente contemporánea.

Recientemente en una representación / casting se pedía a cada actor incluir en el guión nuevas relaciones. De este modo se componían resonancias íntimas que cada espectador y actor hacia suyas con facilidad, sin abolir el registro inicial del que partía, fusionando como en una auténtica Fraternidad de Vida, miradas, “… que sin ellas jamás se hubiesen encontrado….” Como decía uno de los nuestros, de nombre Anderson al comienzo del espectáculo.

De este modo un festival polifónico y periférico, va despertando por necesidad de vital, y creceremos como la Vida, porque habremos sabido integrar el Arte en ella.

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