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En la oscuridad cambiante

En la oscuridad cambiante

En la oscuridad cambiante

El proceso de Kafka empezaba una mañana normal, cuando Josef K es detenido antes de ir a trabajar al banco. Esperaba que la señora Grubach, su casera, le llevara, como todos los días el desayuno, cuando Franz y Willem, los vigilantes, se lo llevan.

Su proceso acaba de comenzar, aunque no pueden explicarle nada, acaba de entrar en un laberinto del que no habrá escapatoria.

Y yo, no quitaba de la cabeza a Josef K, a las escenas tenebristas de la película gótica que recordaba vagamente. Aquellos personajes subidos en enormes tarimas, en un ambiente opresivo, oscuro y extraño. Aquellos personajes que podían ser perfectamente quien quiera que estuviera al otro lado de la venda.

Así vendado, en un lugar extraño en el que los pasos, los golpes y las voces, retumbaban amenazantes, en el que estaba absolutamente solo, en mitad de la nada, respondiendo a preguntas que surgían de voces demasiado formales para mi gusto.

Confieso que también llegué a pensar «¿Y si fuera verdad alguna de esas cosas que cuentan de los masones?». Sabía que no era posible, es cierto, pero ahora, en la oscuridad cambiante, en la que todo parecía flotar, abalanzarse y transformarse
continuamente, cualquier idea por absurda que fuere, parecía cobrar verosimilitud.

Descubrí de pronto que una respuesta que en la aplomación había parecido tan natural, identificativa y hasta ingeniosa, ahora cobraba una dimensión cercana a lo siniestro. Y después de ratificarme, en el sí, en que lo había dicho, claro, noté mi voz temblorosa, mientras intentaba aclarar que bueno, que sí, pero que radical no significaba nada que tuviera que ver con  violento ¿eh? A ver.

En ese momento, en la oscuridad que se tornaba ardiente, solo imaginaba, jueces de negras togas, dispuestos a  condenarme, y en lo único que pensaba era en que aquella tortura acabase. Acabó, y un par de horas después, cuando un wathsapp me advirtió que había sido aceptado, en medio de la alegría de saber que las puertas me habían sido abiertas y el  camino se abría en plenitud ante mí, respiré aliviado y me mentí un poquito, diciéndome que tampoco había sido para tanto.

Pero visto con la distancia y la calma, sí que lo fue. Vaya si lo fue.

 

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