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Exaltación: el gran paso

La llegada a la Maestría exige asumir compromisos personales y para con la Logia y la Orden

No es por el secreto, qué va. Como recordaba Virginia Starck en su libro “La copa amarga” en 1730, trece años después de la fecha aceptada como la fundación de la masonería especulativa, ya estaban publicados todos los rituales, ceremonias, reglamentos… y quien quiso leerlos los tuvo al alcance de la mano. Más aún en estos tiempos en que en Youtube, se han colgado todo lo que ocurre dentro de una logia. No, la razón por la que voy a hablar de esta ceremonia desde mi interior, pero sin entrar en detalles es mucho más simple: para el profano, podría parecer un teatrillo sin sentido, para el Hermano que participa de la vida masónica en cambio, no tendría sentido, ya que si ya la ha pasado, nada podría añadirle de interés, y si no, mejor es que nada sepan hasta que llegue elmomento; saberlo solo serviría para laminar la extraordinaria fuerza y romper buena parte de la interpretación del símbolo, que debe ser siempre personal e intransferible.

De ahí que baste con decir que, como en todos los casos desde la iniciación, hasta que acabe el camino masónico, es un ritual de paso. Y como todo ritual de paso, tiene elementos de oscuridad y de luz, así que aunque quisiera detallar la ceremonia, me resultaría imposible, porque para el compañero que se encuentra en el centro del ritual, es imposible en casi todas las partes que transcurren en la oscuridad, ver qué está ocurriendo. Puedes percibir los pasos, las palabras, los olores, pero la realidad es que mientras todo eso ocurre, has vuelto una vez más al principio cuando la luz no existía. Y ahí tal y como dicen que ocurre al final de nuestros días, hay tiempo suficiente para que pasen imágenes por delante a modo de resumen de las preocupaciones vitales que te han llevado hasta aquí. Tres fueron los grupos de imágenes que acudieron.

La primera imagen que acudió fueron las sensaciones que viví durante un tiempo en que quise entender la muerte, vivirla sin riesgo, y durante un par de años, acudí a un psiquiatra con el que realicé sesiones de regresión -técnica que en teoría, permite volver a las vidas que ya viviste-.

Fueron dos las más importantes, la primera, en la que vi el proceso de la muerte tal y como cuentan aquellos que atraviesan el túnel. Un viaje, maravilloso que finalizaba en mitad del universo, en un lugar donde solo sabía que me esperaban los “maestros” seres que ni veía ni siquiera intuía, pero que me permitió responder cuando el psiquiatra me preguntó qué sentía, “que estoy y no necesito nada más que estar” respondí. La otra, después de esta muerte que firmaría aquí y ahora, fue descubrir algo inesperado: existía la posibilidad de que la nada no fuera el peor de los futuros, el infierno podría existir y durante la hora que duró la última sesión, pude sentirlo envuelto en el pánico.

El último experimento que hice para intentar descubrir lo que no puede descubrirse, lo hice con ayuda de amigos y de hongos de esos que antes solo estaban al alcance de unos pocos chamanes. Supe entonces por qué los aztecas pintaban así a sus dioses (así era como se veían las imágenes) y asistí a una ceremonia en la que un sacerdote, me arrancaba el corazón en el ara del sacrificio para alimentar a la gran Serpiente Emplumada. Dicen que el corazón no duele, pero puedo asegurarles que sí duele, y mucho.

En el último tramo de oscuridad, recordé una vieja teoría de Robert Graves, que en “Rey Jesús” sostenía que el Nazareno había realizado un ritual de renacimiento frecuente en Oriente Medio y en zonas del África Oriental, consistente en pasar por debajo de las faldas de una muchacha virgen para simular un nuevo nacimiento para los iniciados y ahí encontraba la explicación a la virginidad de la madre. El hecho de que la teoría de Graves fuera absolutamente falsa en el caso del Nazareno, no quita para que el ritual se haya hecho miles de veces y conserve en los lugares donde aún se practica, la inmensa fuerza de lo simbólico.

Poco después volví a la luz, oí las palabras y realicé los ritos necesarios para dejar atrás al compañero y dar la bienvenida al recién nacido maestro. Y supe entonces, que la intensidad con la que había pasado por la ceremonia y los compromisos adquiridos, van a acompañarme siempre a lo largo de mi camino masónico. Supe, que había vuelto a nacer una vez más, y esta ya no tiene marcha atrás mientras las circunstancias físicas o mentales no lo impidan. No tengo duda alguna de que la experiencia en la oscuridad, me ayudará a construir el camino de la luz, y que a cada paso que de en el futuro, el compromiso con la la logia, el sentido de la fraternidad auténtica, la trascendencia cotidiana, renacerán una y otra vez. Como renacío al volver a la luz.

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