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reunir lo disperso

THERE was Rundle, Station Master,
An’ Beazeley of the Rail,
An’ ‘Ackman, Commissariat,
An’ Donkin’ o’ the Jail;
An’ Blake, Conductor-Sergeant,
Our Master twice was ‘e,
With im that kept the Europe-shop,
Old Framjee Eduljee.

The Mother Lodge (part)

Explica Kipling, el Hermano Rudyard Kipling, de una manera magistral en su hermosa poema «Mi Logia Madre1https://www2.uned.es/dpto-hdi/museovirtualhistoriamasoneria/14literatura_y_masoneria/kipling.htm la fundamental razón de ser de una logia, de la masonería en general, y a partir de la comprensión del fondo del poema entendemos como se lleva a término la obra del ideal masónico de reunir lo disperso.

Se trata, aquel, de un poema antiguo, escrito en un tiempo y con la concepción antigua de algunas cosas dirán, seguramente, algunos conversos a caducas filosofías, olvidando que cada cosa debe ser juzgada en su contexto y que, en todo caso, este texto en concreto es tan intemporal como la sociedad de la que habla, la masonería.

Para algunas personas, que incluso se dicen masonas, se trataría de una antigualla digna de estar, en el mejor de los casos, en el rincón de las cosas inútiles que se conservan solo porque ya han caído en el olvido, no existen.

Quienes así piensan conviven bien, y cómodos, en el pensamiento único elaborado por la mente del gurú que trabaja en la sombra. Se creen libres, a pesar de que todos piensan de manera similar, por estimar -simplemente- que se encuentran en posesión de la verdad, como si esta fuera única, y desprecian cualquier pensamiento que circule fuera de los cauces que ellos consideran correctos.

No han leído a Kipling y no les importa profanar la enseñanza más profunda que se encierra en el referido problema, incluso hablan de «logia madre» para justificar extraños partos, realizados con forceps, que llevan inexorablemente a conculcar todo aquello en lo que se fundamenta la relación en cualquier sociedad formada alrededor de una norma común, y libremente aceptada, eso que llamamos «ley» y que no dejan de ser más que reglas de juego en las que todos podemos sentirnos cómodos, a condición, solo, de que se respeten siempre y de la misma manera para todos.

Se creen mejores por decirse más libres, desprecian lo que llaman «el poder«, reniegan de «la patria«, pero no se atreven a salirse del espacio de confort que proporcionan las estructuras establecidas aunque tratan de adaptarlas a su peculiar manera de entender la convivencia social y, sobre todo, utilizarlas para dotarse de un halo de respetabilidad al que no están dispuestos a renunciar,  se trata de no espantar a una parroquia que, quizás, no comulgue in extenso con su equívoco ideario.

Un trampantojo montan en fin, para estar sin estar. Ya se sabe que el fin, ignoto por cierto, justifica cualquier medio al que llegan a considerar legítimo por el simple hecho de que sirve a sus supremos intereses, pequeños y mezquinos y de horizonte no demasiado lejano, simplemente se trata de destruir al otro, al diferente, al realmente libre.

Habrá a quienes no les falte un punto de soberbia intelectual que les llevará a despreciar al menos dotado por mor de que, a pesar de todo lo predicado, todavía hay clases, la suya naturalmente, porque en el fondo piensan que lo de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad son conceptos troceables a gusto del consumidor y en función de la ocasión.

Y algunos a eso lo llaman masonería, nueva masonería. No queda más remedio que volver la vista atrás, recuperar amarillentas páginas, quizá poemas de otro tiempo,  con el fin de aprender como se debe entrar en el Templo y sobre todas las cosas entender cual es el verdadero, único y real Templo, aquel en el que cada cual se encuentra consigo mismo en absoluta y perfecta soledad para tratar de elevar, piedra sobre piedra, convenientemente pulidas, el edificio en el que únicamente se pueden adentrar las personas libres y honestas.

 

 

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