sábado, marzo 23, 2019
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Memorias de aprendiz. Y al final llegó el final

Vivimos en sociedades que han ido desterrando los rituales de la vida cotidiana. Apenas se conservan los de nacimiento, la creación de una nueva familia y ‒cada vez más diluidos‒ los de muerte. Por el camino nos hemos dejado casi todos los rituales de paso con que los seres humanos señalaban los jalones de la vida, sobre todo, aquellos que marcaban el momento en que se abandonaba la niñez para adentrarse en los procelosos territorios de la adolescencia primero y de la vida adulta después.

Por suerte, la masonería ha sabido preservar a través del simbolismo y del ritual, los hitos que indican en qué momento del camino nos encontramos. Y así como un día, después de unos meses que habían pasado volando, me encontré frente al segundo de esos hitos, el que señalaba que el tiempo como aprendiz ‒que no de aprendizaje‒,había terminado y era necesario empezar una nueva etapa.

Tal y como decía la canción, al final, llegó el final pero por suerte no se cumplía lo que en otra canción decía el mismo poeta «todos los finales son el mismo repetido». No, no era el mismo final de siempre, porque a la vez que final, significaba el principio de una nueva etapa. Dejaba atrás el silencio que a decir verdad, se hizo corto y a medida que avanzaban las tenidas, cómodo. Para mi sorpresa de natural parlanchín, descubrí que estar callado ayuda a entender y encima, permite no arriesgar, así que ya corría el peligro que un maestro veterano señalaba en muchas ocasiones: «esconderse tras el mantra del eterno aprendiz, refugiarse en el silencio». Y cuando se han dado los pasos necesarios, es tiempo de aumentar el compromiso,asumir nuevas funciones y seguir aprendiendo cada día, que un pico arriba o abajo del mandil no va a cambiar esa necesidad. Mientras la ceremonia tenía lugar, rememoraba los primeros pasos, el contacto,la figura mayestática del maestro con el que tuve la primera entrevista, la cámara de reflexión y los temores, dudas y extrañezas que en ella surgieron, la iniciación y los pensamientos dubitativos que me asaltaban mientras el fuego cruzado de preguntas‒así me lo pareció en aquel momento‒, a punto estuvieron de hacer saltar el relé del sistema nervioso.

 También,cómo no, reviví mi primera tenida, los momentos en que todo parecía mágico, distinto; los primeros pasos dubitativos, el apoyo de otros aprendices que disfrutaban y sufrían en una medida similar a la mía,los pequeños problemas, las trabas, la falta de avances, los momentos de duda. Pero a la vez, acudió a la memoria la carga de fraternidad nunca antes sentida, las palabras de apoyo, los ejemplos de maestros que tras años de masonería, se reinventaban a cada paso, encontraban motivos de alegría o esperanza en cada detalle de avance de los que veníamos detrás. La fraternidad, palabra tantas veces repetida, tantas veces sentida. Fraternidad, auténtica,tendida como una capa sobre cualquier síntoma de frío exterior.Resumen último y magnífico de estos meses que no importa lo que depare el futuro, ya habían cambiado mi visión del mundo, la forma en que entendía y entiendo la vida y la forma de pensar, expresar y vivir los sentimientos y la razón, esa razón base del pensamiento crítico a la que nunca podemos ni debemos renunciar.

 Cuando concluyó la ceremonia y el pico del mandil cayó abajo, sabía que solo dejaba de ser aprendiz porque así está marcado el camino,pero este tiempo y estas hermanas y hermanos que lo habían compartido, se habían instalado en una hornacina en el alma (sea esta lo que sea) y nunca me iban a abandonar. Y también, como no volví a rememorar al tipo aquel, que hace casi cuarenta años,queriendo insultarme, me dijo “eres aprendiz de todo y maestro de nada” y sin saberlo ni quererlo, me regaló un lema que he procurado tener presente desde entonces. Aprendiz de todo, maestro de nada. Casi nada.

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