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Vamos a tratar de reirnos un poco de nuestras propias manías y «jorobas» ya que estamos convencidos de que el humor es una excelente herramienta de construcción personal, nada digamos si se trata de reirse uno mismo. Esta es la primera de una serie de entregas sin periodicidad fija pero siempre bajo el mismo epígrafe en las que trataremos de auto-retratarnos a mayor gloria de nuestra saluda mental.

¿Humor ‒buen humor‒ y masonería son compatibles? No es pregunta baladí, porque cuando nos la hicimos, fue el resultado de comprobar que después de cientos de escritos, no habíamos descubierta una sola línea a la que pudiéramos atribuir “animus jocandi”. Tanto las que firmaban hermanos masones, como las que llevaban el sello profano, se caracterizaban por su seriedad. Su extraordinaria seriedad, añadiría.

Y si es cierto que aquello que rodea, bordea o entra de lleno en lo trascendente y esencial, debe tratarse con seriedad, no es menos cierto que unas gotas de buen humor, pueden aderezar cualquier guiso y redondear los platos que de otra forma pudieran correr el riesgo de salir insípidos.

Una vez decidido que se podía recurrir al humor sin ofender a ninguna conciencia masónica, venía lo arduo ¿por dónde empezamos? Pues por el único sitio posible en estos tiempos de pieles finas, por nosotros mismos. Alguien sugirió ¿por qué no hacer caricaturas de nuestras actitudes, poses, defectos o apariencias? y la respuesta inmediata, fue nosotros no tenemos actitudes, poses, defectos, ni aparentamos. Pues sí, queridos hermanos, el mero hecho de pasar por una iniciación no nos hace precisamente perfectos, si nos repetimos a menudo que esto es un camino de perfeccionamiento personal, quiere decir que algún defectillo de fábrica traeremos, así que tampoco pasa nada por tomarnos un poco en broma.

La siguiente pregunta es por dónde empezar y ahí la respuesta fue inmediata “caricaturas masónicas” dijo una de las presentes. “Un poco fuerte eso de caricatura ¿no?” respondió un señor mayor al fondo. “Pues arquetipos, que suena mucho mejor”. Y “arquetipos masónicos” se le quedó a la serie. Un último detalle antes de empezar: por economía de medios, y para evitar repetir siempre femenino y masculino, masculino y femenino, cada uno de estos arquetipos, se le atribuirá un género (empezamos por el femenino porque alfabéticamente, va antes hermana que hermano) aunque es perfectamente adaptable a los dos y a cualesquiera otro que pudiere surgir.

La querida hermana Tafes, surgió de una pregunta inocente que hice a poco de iniciarme, cuando el tiempo del silencio, limitaba los interrogatorios al ágape:
—¿Quién es la Hermana Tafes? ‒pregunté.

Los presentes se miraron unos a otros para evitar carcajearse en mis narices, hasta que un maestro de edad provecta, tuvo a bien sacarme del error.
—TAF quiere decir Triple Abrazo Fraternal ‒me dijo‒, pero de dónde sacaste que era alguien concreto.

No dije nada entonces, me limité a ponerme colorado notando las ganas que tenían de reírse de mí sin tasa ni medida, pero no pude dejar de observar desde entonces, que hay un perfil de hermana que reparte tafes sin tasa ni medida, que en lugar de enfrentar los problemas, los rehúye, lanzando de vez en vez pellizcos de monja que la asustan de inmediato y a los que añade el tafes como apellido para mayor protección. Suele ser besucona por demás para evitar el afecto real de menos; insinúa en lugar de aclarar, y en cuanto alguien le pregunta si hay problemas, niega de inmediato, con profusión de frases afectuosas a las que coloca la coda tafes como obligatoria patente de marca. Como todos los malos incompletos, tanto quiero y no puedo acaba por convertirla en entrañable ejemplo para los recién llegados: “más o menos con la tercera parte de tafes que nuestra querida hermana, ganarás el cielo de los buenos masones” solemos decirles, justo un instante antes de que se le abrace y le repita aquello de “bienvenido, hermano Tafes”.

Lau de Uve.

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