Cuando se pronuncia la palabra «masonería» en el mundo profano, la reacción inmediata suele oscilar entre la fantasía novelesca, el prejuicio histórico y la curiosidad difusa. Sin embargo, el verdadero problema no radica únicamente en lo que se ignora desde fuera, sino en la profunda confusión que a menudo se alimenta desde dentro. Quien hoy se acerca a las puertas de un templo con la genuina inquietud de contribuir al progreso moral y material de su tiempo, se encuentra con un laberinto de siglas, ritos y obediencias que, lejos de aclarar el panorama, fragmentan la respuesta a una pregunta aparentemente simple: ¿qué significa, hoy, ser masón?
Durante siglos, las corrientes más tradicionales y conservadoras de la orden han pretendido patrimonializar el término, parapetándose tras una interpretación estática y descontextualizada de los textos del siglo XVIII. Bajo la recurrente acusación de «eso no es masónico», se ha intentado reducir el trabajo del taller a una mística de laboratorio, a un mero pulido ad persona de la piedra bruta que da la espalda de forma deliberada a los dolores y desafíos de la sociedad exterior. Se nos ha dicho que la logia debe ser un espacio neutro, impermeable a los debates políticos y sociales que transforman el mundo. Pero esa supuesta neutralidad no es más que una toma de postura: la de la conservación del statu quo.
No existe una única forma de entender la masonería, y es de justicia pedagógica explicar el mapa real de las opciones posibles, algo en lo que no voy a entrar ahora por considerar que son opciones suficientemente conocidas. Pero, por encima de todo, estas líneas pretenden reivindicar una corriente que no entiende el perfeccionamiento íntimo sin su necesaria proyección civil; una masonería que no concibe la defensa de la emancipación humana excluyendo a la mitad de la humanidad.
Al hablar de masonería, podemos hablar de un refugio nostálgico del pasado o de una escuela viva de ciudadanía y librepensamiento. Y es precisamente ahí, en la vanguardia de una orden adogmática, mixta e internacional como el Derecho Humano, donde el método iniciático recupera su fuerza revolucionaria: la de formar conciencias libres dispuestas a trabajar, sin ambigüedades ni fronteras, al Progreso y a la Gloria de la Humanidad.
Para que esto sea posible, es imperativo desmitificar el método en sí mismo. El ritual, el símbolo y el lenguaje de la alegoría no constituyen el fin último de la masonería, sino su herramienta más sofisticada. No nos reunimos para adorar el símbolo, sino para que el símbolo nos ayude a pensar fuera de los dogmas y prejuicios del mundo profano. El drama sagrado del rito y la gramática de la escuadra y el compás son el andamiaje metodológico que nos des-condiciona, que nos enseña a escuchar y a razonar en comunidad. En definitiva, el método es el instrumento pedagógico; la verdadera obra, el plano maestro que justifica cada tenida y cada grado, es la edificación de ese templo invisible pero tangible que es el progreso, la justicia y la perfección de la humanidad entera.
Por todo ello, es imperativo precisar desde dónde hablamos cuando nos referimos a la masonería. No se trata de establecer jerarquías absolutas, sino de asumir con honestidad que la respuesta depende, inevitablemente, de la posición ética y civil de quien la defiende.
Podemos seguir aferrados a una pretendida tradición que postula la no injerencia en las cuestiones que desgarran el mundo exterior, o podemos, por el contrario, reconocernos en una tradición viva; aquella que entiende que la defensa de los Derechos Humanos y la justicia social no son elementos ajenos al taller, sino el eje mismo que dota de sentido a nuestro trabajo. Una masonería que nos transforma hacia dentro para hacernos mejores ciudadanas y ciudadanos hacia fuera.

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