En las últimas décadas, el debate político global se ha visto inundado por un concepto que, bajo la promesa de proteger a los ciudadanos locales, esconde una profunda carga de exclusión: la «preferencia nacional». Hoy, desde los movimientos soberanistas en Europa hasta los populismos de derechas en América, el lema «primero los de casa» se ha normalizado en el discurso público. Sin embargo, para quienes creemos en una masonería que tiene como fundamentos la igualdad y la defensa de los Derechos Humanos y la Justicia Social, este concepto no es nuevo, ni es inofensivo. Es la antítesis directa de aquello que consideramos principios fundamentales.
Para entender el peligro de esta deriva, es necesario hacer memoria histórica y analizar cómo un eslogan marginal de la extrema derecha francesa se ha convertido en una franquicia global.
Aunque hoy nos parezca una corriente global, la teorización política de la «préférence nationale» tiene un rostro y un momento muy concretos. Fue popularizada en la Francia de los años 70 y 80 por Jean-Marie Le Pen y el Frente Nacional. En un contexto de crisis económica y desempleo, Le Pen lanzó una trampa conceptual tan simple como perversa: «Con un millón de parados, un millón de inmigrantes de más».
La estrategia era brillante en su malicia: no presentaban la discriminación como un odio explícito hacia el extranjero, sino como una supuesta medida de «justicia social» y protección para el trabajador nativo. Aquella semilla ideológica buscaba algo que hoy vemos cumplido: fragmentar la sociedad, culpar al eslabón más débil de las crisis sistémicas y dinamitar los pilares del Estado de derecho.
Lo que hace cuarenta años era una postura radical y aislada, hoy ha sido adoptado, refinado y normalizado por el populismo de derechas en todo el mundo. Desde la Europa Central de Viktor Orbán hasta discursos políticos plenamente integrados en nuestras instituciones democráticas occidentales, la «preferencia nacional» ha mutado en términos más amables como «prioridad ciudadana» o «soberanismo social». Incluso en una nación como España, emisora de emigrantes por cuestiones políticas en los años 40 o por motivos económicos en los 60 y 70 del pasado siglo, hay agentes que tratan de extender este virus.
Cambian las palabras, pero el mecanismo es el mismo: utilizar el miedo y la incertidumbre económica para levantar muros jurídicos y morales entre los seres humanos. Se pretende vincular la dignidad, la sanidad, la educación o las ayudas sociales no a la condición de persona, sino al azar del lugar de nacimiento.
Frente a este repliegue identitario y egoísta, ¿cómo respondemos los masones y masonas que creemos en el internacionalismo hoy?
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Nuestra Patria es la Humanidad: A diferencia de otras estructuras, nuestra Orden nació con una vocación internacionalista y una estructura global única. No entendemos de fronteras morales. Para nosotros, la fraternidad no se detiene ante una línea aduanera ni ante un color de pasaporte.
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La Justicia Social como Derecho Humano: Nuestro propio nombre lo indica. Los derechos fundamentales no son privilegios estatales otorgados por consanguineidad, sino derechos intrínsecos a la condición humana. Frente a la escasez, la respuesta masónica es la redistribución justa y la solidaridad universal, nunca la exclusión del vulnerable.
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El combate desde la Razón: El método masónico nos exige desarmar la posverdad. Frente a los discursos populistas basados en la emoción del miedo, debemos aportar rigor, datos y humanismo en el mundo profano. La inmigración no es la causa de los problemas estructurales de las sociedades, sino, a menudo, la víctima de las injusticias globales.
Maria Deraismes, y Georges Martin, crearon una potencia masónica rompiendo la mayor discriminación de su época: la exclusión de las mujeres en la masonería. Ese ADN de vanguardia y lucha contra el dogma excluyente es el que debe guiarnos hoy.
Las democracias no mueren de golpe; se erosionan palabra a palabra cuando permitimos que discursos xenófobos se vuelvan aceptables. Ante la «preferencia nacional», los miembros de Le Droit Humain reafirmamos nuestro compromiso con la República Universal, el laicismo y el perfeccionamiento de una Humanidad que solo avanzará cuando entienda que el «otro», el diferente, es siempre nuestro hermano.

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