En los últimos tiempos asistimos a una preocupante perversión del lenguaje. Quienes hasta no hace mucho perseguían la libertad, parecen defender hoy una versión descafeinada y egoísta de la misma, regida por el burdo «hago lo que me apetece». Frente a esta banalización que vacía de contenido un concepto que costó siglos construir, la Masonería —particularmente la corriente liberal, adogmática y mixta— tiene el deber de alzar la voz y recordar los mínimos éticos que centran este debate.
Para nosotros, hombres y mujeres que trabajamos en absoluta igualdad en nuestros talleres, la libertad nunca ha sido una abstracción filosófica ni un cheque en blanco para el individualismo insolidario. La libertad es un ejercicio profundamente ético que no puede desligarse de la Igualdad y la Fraternidad.
Por eso, debemos recordar tres límites infranqueables que definen nuestra brújula ciudadana:
🔴 No hay libertad sin justicia social: Quien carece de un mínimo económico que garantice su sustento difícilmente puede declararse libre; es esclavo de su propia supervivencia. La defensa del derecho inalienable a la libertad pasa indefectiblemente por garantizar a todas las personas la posibilidad de contar con las mismas oportunidades.
🔴 No hay libertad sin acceso a la cultura: Quien no puede acceder a la enseñanza y al pensamiento crítico es vulnerable al dogmatismo, la demagogia y la manipulación. Ser libre es, ante todo, ser dueño de la propia mente.
🔴 No hay libertad sin responsabilidad: Frente al «derecho del más fuerte», la libertad masónica recuerda que nuestro límite es el prójimo. Es una libertad para perfeccionarnos y construir una sociedad mejor, no para pasar por encima de los demás.
Al unir estos tres principios, se dibuja un perímetro muy claro. Aunque en nuestras logias conviven libremente diversas sensibilidades democráticas, un masón o masona consecuente con su ideario encuentra su frontera política allí donde se atente contra los Derechos Humanos, donde se promueva el darwinismo social o donde se instrumentalice el odio.
Apostar decididamente por estos valores es lo que, en la historia de las ideas, se llama progresismo en su sentido más noble e ilustrado: la convicción de que la humanidad debe avanzar hacia mayores cotas de emancipación y que ninguna estructura o dogma tiene derecho a frenar esa evolución.
Frente a la perversión del concepto, reivindiquemos una libertad solidaria, laica y emancipadora. Una libertad que no se agota en el individuo, sino que se realiza en la comunidad.
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