Más allá de la Ley: La Justicia Geométrica y el mandato operativo del Grado 30

Gottlieb Fichte

La educación que recibimos nos lleva a confundir con excesiva frecuencia la Ley con la Justicia. Esto es especialmente evidente en los últimos tiempos, tanto en España como en otros países, donde el “Poder Judicial” parece sentirse revestido de una suerte de patente de corso para reinterpretar la Ley, incluso más allá del espíritu con el que nació en la Cámara Legislativa. Tampoco es ejemplar el retorcimiento que esos mismos poderes aplican a las normas para que se adapten como guantes a un planteamiento apriorístico en un sentido predeterminado. Debemos, pues, cuidar de no caer en el positivismo jurídico por cuanto la historia nos proporciona ejemplos de cómo las mayores aberraciones (la esclavitud, la segregación, la desprotección del vulnerable) han sido perfectamente legales.

Frente a esta realidad innegable —y que, desgraciadamente, no es inusual que se cuele distraídamente en nuestros talleres— la masonería, al menos la que entendemos que nacía un 4 de abril de 1893, propone como alternativa lo que podríamos denominar la Justicia Geométrica.

Para nosotros la Justicia entendida desde una perspectiva masónica no es punitiva ni estática; es la búsqueda del equilibrio guiada por la Escuadra y la Plomada. Frente a esa ley estática que a menudo petrifica el privilegio de las corporaciones o el poder político (rozando ese tecno-feudalismo del que hablábamos), la masonería propone una justicia dinámica, «geométrica» y distributiva. Una justicia que no mide con el código penal, o los Reglamentos internos, en la mano, sino con la Escuadra de la equidad y la Plomada de la rectitud.

Y, si avanzamos en la perspectiva que nos proporcionan algunos de los denominados Altos Grados, es evidente que aún nos apartamos más de esa manera profana de ver la Justicia. En la estructura del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el Grado 30 (Caballero Kadosh) condensa la máxima expresión de la justicia social y la lucha contra la tiranía, entendida esta última no como un mito del pasado, sino como cualquier estructura moderna que mutile la libertad o la dignidad de los individuos.

El mandato de este grado filosófico no es contemplativo, místico ni de aislamiento. Quien trabaja en sus cámaras debe tener muy claro que la Masonería —y de manera radical la nuestra, que hunde sus raíces en la vanguardia emancipadora de 1893— no es un monasterio secular para la perfección espiritual en abstracto, sino una escuela de alto valor cívico. El perfeccionamiento de la piedra no se busca para el autoconsumo ético, sino para aportar materiales sólidos a la construcción de una sociedad más justa.

Por ello, el Caballero Kadosh recoge el testigo de los grados simbólicos para proyectar la rectitud moral individual hacia la acción emancipadora colectiva. Su deber es situarse por encima de la norma estática y ejercer una insumisión intelectual frente a la ley injusta, la exclusión o la aporofobia institucional, rompiendo con el cómodo pretexto de que «se está cumpliendo la legalidad vigente».

Y si esa es la postura a mantener en el mundo profano, ¿qué decir del comportamiento en la logia?

Para que nuestro comportamiento en el taller responda a esa Justicia Geométrica, la Masonería nos dota de un instrumental ético preciso que no se puede flexibilizar según la conveniencia del momento:

Por fortuna contamos con una herramienta como la regla de las 24 pulgadas para amigos y contrarios: El combate contra la arbitrariedad se demuestra en la ecuanimidad de nuestras propias cámaras. La regla de 24 pulgadas exige una rectitud impersonal. Si aplicamos una medida laxa y comprensiva para quienes afinan con nuestras posiciones, y una rígida, burocrática y punitiva para los adversarios o las voces discrepantes, habremos pervertido la herramienta. Habremos caído en el mismo positivismo jurídico y en el mismo apriorismo que denunciamos en el Poder Judicial profano. La Justicia masónica no cambia de naturaleza según el bando o la afinidad de quien la invoque; mide a todos con el mismo estándar de dignidad, verdad y derecho.

Y contamos, además, con el marco innegociable de nuestros principios: Del mismo modo, no podemos confundir lo justo con aquello que colisiona frontalmente con la moral que marcan nuestros principios fundamentales. En la corriente liberal y adogmática, el discernimiento no queda al arbitrio del relativismo ni de las mayorías coyunturales. Nuestra brújula está nítidamente trazada en el Título I de la Constitución Internacional y en la Proclamación de Le Droit Humain. La libertad de conciencia, la igualdad radical y la solidaridad humana son los pilares sobre los que se escuadra cada reglamento y cada decisión interna. Cualquier lectura literalista o retorcimiento reglamentario que vulnere este espíritu es, por definición, ajeno a la Masonería.

En conclusión, la filosofía que mueve nuestra masonería, nacida en la tradición operativa que heredamos de aquel 4 de abril de 1893, nos recuerda que los altos grados no son distinciones honoríficas para el autoconsumo ni títulos para la complacencia. Son una exigencia redoblada de responsabilidad cívica y coherencia interna. Si queremos ser vanguardia en la calle, debemos ser irreprochables en el taller. La Ley, tanto la profana como la interna, es humana y debe ser permanentemente escuadrada hacia la equidad. Ese es nuestro verdadero deber operativo: no ser ciudadanos dóciles ni masones burócratas, sino constructores activos de una Justicia verdadera.

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