El tiempo de la elección
Hay épocas en las que votar significa elegir un gobierno, y otras en las que significa elegir una idea de humanidad. Quizá nos acercamos a una de estas últimas. Las próximas elecciones pueden interpretarse como algo más que una disputa entre partidos o programas; pueden ser la expresión de una pregunta mucho más antigua: ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando el miedo y la incertidumbre ocupan el lugar de la esperanza?
Las democracias modernas nacieron de una lección dolorosamente aprendida. Tras las guerras que devastaron el siglo XX, se comprendió que la libertad solo podía sostenerse sobre ciertos límites al poder y sobre un mínimo de justicia social. El bienestar no surgió únicamente como una conquista económica, sino como una respuesta moral a la experiencia del sufrimiento colectivo. Era el reconocimiento de que una sociedad no puede considerarse libre cuando una parte de sus miembros queda abandonada a la necesidad.
Hoy ese consenso parece debilitarse. Asistimos al resurgimiento de viejas pulsiones que presentan la desigualdad como algo inevitable y la solidaridad como un obstáculo para el éxito. Allí donde antes se hablaba de ciudadanía, se habla cada vez más de identidades enfrentadas; donde se hablaba de derechos compartidos, aparecen categorías excluyentes; donde había un «nosotros» político, surge una multitud de pequeños «ellos» a quienes culpar de nuestros males.
La historia muestra que las sociedades rara vez buscan culpables cuando se sienten seguras. La necesidad de encontrar enemigos suele surgir cuando el individuo percibe que pierde el control sobre su propio destino. Entonces la complejidad se vuelve insoportable y aparece la tentación de aceptar relatos sencillos: alguien debe ser responsable de nuestro malestar. El extranjero, el pobre, el diferente, el que llegó después. La razón cede espacio a la necesidad emocional de señalar un rostro concreto al que atribuir nuestras frustraciones.
Sin embargo, la filosofía nos recuerda una verdad incómoda: los seres humanos solemos temer en los otros aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos. El migrante representa la vulnerabilidad del que puede perderlo todo. El pobre refleja la fragilidad de una seguridad que creemos permanente. Por eso es más fácil convertirlos en amenaza que aceptar que compartimos con ellos una misma condición: la de seres expuestos a la incertidumbre.
Al mismo tiempo, el mundo parece inclinarse hacia una renovada fascinación por los liderazgos fuertes. Frente a la lentitud de la deliberación democrática, se exalta la rapidez de la autoridad. Frente a la duda, la certeza; frente al diálogo, la decisión unilateral. Pero esta fascinación encierra una paradoja. Cuanto más compleja es una sociedad, más necesita el pensamiento crítico y la participación plural. Pretender resolver esa complejidad mediante la concentración del poder equivale a confundir la simplicidad de la respuesta con la verdad de la solución.
Quizá el problema fundamental de nuestra época no sea económico ni político, sino moral. Hemos construido una cultura que celebra la competencia más que la cooperación y el interés individual más que el bien común. El éxito se mide por la distancia respecto a los demás, no por la capacidad de avanzar junto a ellos. Y cuando el egoísmo se convierte en principio organizador de las relaciones sociales, la comunidad deja de ser un proyecto compartido para convertirse en una mera suma de individuos aislados.
Por eso las elecciones que se acercan no solo decidirán quién administra las instituciones. También pondrán a prueba nuestra concepción de la dignidad humana. Decidirán si seguimos creyendo que una sociedad debe proteger a los más vulnerables o si aceptamos que el valor de las personas dependa únicamente de su utilidad. Decidirán si entendemos la democracia como una comunidad de ciudadanos o como una lucha permanente entre vencedores y vencidos.
Porque, en última instancia, toda sociedad acaba respondiendo a la misma pregunta: ¿consideramos que los demás son compañeros de destino o simples obstáculos en nuestro camino? De la respuesta que demos dependerá no solo el resultado de unas elecciones, sino la forma misma de nuestra convivencia futura.
G.F.

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