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La mesa de la solidaridad

Se termina un año más el tiempo en el que debemos ser «fraternos» y «solidarios» por obligación, esos días en los que casi todo se reduce a la confraternización en torno a una mesa o unas copas.

Acaban momentos de alegre camaradería laboral que duran lo justo para lavar la «sangre» hecha a lo largo de todo un año de zancadillas, de pisar al de abajo o «acuchillar» al colega, si se tercia, a ver si hay manera de subir un peldaño a su costa.

Finaliza un tiempo en el que las familias se reúnen dejando a un lado las rencillas o, en el mejor de los casos, los desapegos en los que se vive el resto del año.

Termina una parte del año de consumismo desenfrenado, adquiriendo/regalando cosas que no se necesitan pero que se desean por el simple hecho de acumular cuando mejor podríamos dedicar ese gasto, casi siempre superfluo por innecesario, a practicar la solidaridad para aquellos que nada es superfluo porque necesitan de casi cualquier cosa de primera necesidad.

Entre nosotros, los masones, se cierran las celebraciones solsticiales en las que, como no, cantamos a la fraternidad que se supone vivimos día a día como algo inherente a nuestra condición masónica, convencidas y convencidos de que es algo que nos viene dado en el pack de la iniciación, olvidamos con demasiada frecuencia que tal cosa no existe, que sólo hay un breve libro de instrucciones -como de costumbre difícil de desentrañar ¿por qué los libros de instrucciones siempre serán oscuros e ininteligibles?- con el que tendremos que aprender día a día, con esfuerzo y humildad, a poner en práctica la tercera pata de la divisa masónica.

Comienza un nuevo año y como de costumbre nuestra lista de intenciones es tan larga y tan igual a la de años anteriores, acumulación de deseos irrealizados que no irrealizables porque siempre nos falta el empuje necesario para dejar a un lado ese punto de soberbia intelectual que nos hace pensar que sabemos más o somo mejores, que nos lleva a creer que nuestro concepto de la fraternidad es la regla de la perfecta medida.

Tratemos, por una vez, de comenzar a ver lo que realmente nos refleja el espejo, ese Dorian Grey que se agazapa en nuestro interior, y comencemos a  en poner en práctica, trabajo esforzado ya se sabe, ese hermoso concepto de la fraternidad para que deje de ser una palabra hueca y la disculpa para celebraciones carentes de todo sentido.

Feliz y Fraterno, de verdad, año a todas y todos, masonas, masones, profanas y profanos

 

 

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