En el año 2010 escribía aquí mismo un artículo titulado «El huevo de la serpiente«, advirtiendo sobre las corrientes subterráneas que comenzaban a agitarse en el mapa político. Para 2018, la deriva se hizo innegable y publiqué «El huevo eclosionó». Hoy en día, constatamos con gran preocupación que ese tipo de comportamientos xenófobos y antidemocráticos se extienden sin freno por muchos países europeos y en USA, ante la pasividad de quienes deberían —deberíamos— decir basta.
Hace apenas unos días, en este mismo Ezine, trataba de volver a poner el dedo en la herida en el texto «Prioridad nacional»: una línea roja constitucional, donde denunciaba la alarmante llamada de algún partido político a poner en marcha una medida abiertamente inconstitucional y discriminatoria bajo el eslogan de la «prioridad nacional».
Las noticias de anteayer, 1 de junio, nos daban cuenta de la reunión en Portugal de las extremas derechas europeas, en lo que me atrevo a calificar sin ambages como un akelarre neofascista y supremacista blanco. Es fácil entender que, desde aquella primera denuncia en 2010 hasta esta última noticia, el nivel de preocupación escale hasta cotas difícilmente imaginables incluso en el ya lejano 2018.
Esta profunda alarma no nace únicamente de un posicionamiento ideológico progresista o de un compromiso humanista genérico. Brota, de manera muy directa, de mi condición de miembro de una corriente masónica específica como es el Derecho Humano (Le Droit Humain). Como orden mixta e internacional que trabaja por el progreso de la humanidad y la emancipación de la conciencia, ver el avance del supremacismo, la exclusión y la quiebra de la fraternidad universal toca la línea de flotación de nuestros valores más sagrados. Cuando el odio se organiza globalmente, la defensa adogmática de los Derechos Humanos y la igual dignidad de cada persona deja de ser un debate teórico y pasa a ser un deber cívico urgente.
Lo que presenciamos no es una serie de anomalías locales, sino una estrategia global y coordinada que persigue tres objetivos clave:
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Erosionar los consensos constitucionales: Conceptos como la «preferencia nativista» desplazan deliberadamente la Ventana de Overton, transformando ideas anticonstitucionales y contrarias a los Derechos Humanos en opciones de gobierno toleradas.
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Internacionalizar la intolerancia: La extrema derecha ha roto sus fronteras. Comparten manuales de estrategia, discursos basados en el miedo al diferente y sofisticadas herramientas de desinformación masiva en redes y algoritmos.
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Explotar la pasividad social: El debilitamiento de los cordones sanitarios tradicionales abre las puertas de las instituciones a quienes buscan destruirlas desde dentro. El silencio y la apatía ciudadana son su mayor activo.
Frente a esta escalada, el espacio público, la pedagogía cívica y la palabra escrita adquieren una responsabilidad histórica. El primer paso para frenar la normalización de la intolerancia es, precisamente, llamarla por su nombre, documentar su avance y negarse a mirar hacia otro lado. La lucidez histórica nos obliga a no ser cómplices de ese silencio.

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